Aprendizajes
- Un Papá Trosko
- 15 ago 2018
- 3 Min. de lectura
Hace un tiempo, creo que dos años, y digo creo porque el tiempo en esto de la paternidad sigue un curso irregular en nuestra memoria, Ele tenía un amigo imaginario. Bueno, nosotros creíamos que tenía un amigo imaginario porque siempre hablaba de un tal José, que en su pronunciación sonaba algo como Gosé.
La cuestión es que empezamos a tratar de entender esta nueva situación charlando con él y preguntándole cosas sobre José, hasta que un día nos pide ver algo en Netflix y elige un programa de los Power Ranger, lo que me emocionó porque de niño era fanático de la primera generación, los Power Ranger Mighty Mophin. Cuando empieza el capitulo, estos nuevos héroes tenían un mentor distinto al viejo Zordon, una máscara en una pared les hablaba, su nombre: Gosei. Ele empezó a gritar “Gosé, Gosé” y entendimos todo. Nunca existió un amigo imaginario, solo quería ver su nueva serie favorita.

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Tenemos la suerte de vivir en el campo. Bueno, la suerte es el contacto con la naturaleza, pero también tiene su parte negativa ya que para cualquier cosa hay que trasladarnos a la ciudad, lo que suma kilómetros de ruta diarios.
El otro día en uno de nuestros viajes cotidianos Ele miraba el paisaje, el monte nativo cordobés, o lo poco que queda de él, y me dice: “no hay que cortar los arboles. El mundo necesita más arboles”. Con solo 4 años tiene más conciencia ecológica que muchos adultos.

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“¿Cómo vuelan los aviones?” me pregunta Ele a la salida del Jardín y se siente como una piña en el adultocentrismo que todo lo sabe. Intento explicarle, revuelvo en mi cerebro en búsqueda de esa información, doy algunos indicios vagos, que la temperatura del aire, que las alas, los motores. No duro mucho en la contienda, tiro la toalla y le digo que no lo sé, que mejor buscamos la información cuando volvamos a casa.
“¿Dónde vamos a buscar?” me retruca. A esta pregunta la paro de pecho. “podemos buscar en un libro o en internet”, contesto mientras pienso que no tenemos ninguna enciclopedia. Él piensa un segundo, “mejor buscamos en el celular, porque no tenemos libros de aviones”. La escuela del futuro cercano debería estar pensada sobre esta base.

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Ele no quiere ir al Jardín. El proceso previo es una lucha, una que sufre esencialmente la Mamá Jefa.
Cuando llega al jardín se queda de mil amores y pasa las tres horas sin problemas, pero en el antes hay que acompañarlo con su llanto, sus protestas y su nueva habilidad: la frase para dar lastima.
Pescetti en uno de sus videos de youtube da algunos tips para que los niños den lastima a sus madres para que no se vayan al trabajo, en este caso es para que no lo llevemos al jardín. “quiero estar con vos” “quiero estar en casa” “te extraño” son algunos de los hits de Ele. Pero hace unos días se poder creativo fue más allá, dio un salto en calidad y efectividad, y dio tanta lástima que casi casi logra quedarse en casa a ver la tele abrazado a su mamá comiendo caramelos. Le pidió a la Mamá Jefa: “no me abandones en el jardín”

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Por trabajo estoy muchas horas fuera de casa, por lo que la tarde se la dedico a mi familia y las noches para estudiar.
Un fin de semana no encontraba mi marcador para resumir un apunte, así que fui y saque una fibra de la cartuchera de los chicos. Como estaban dormidos y yo soy el adulto, las tomé sin consultar. Al terminar de estudiar dejé todo sobre la mesa, convencido de que al ser el adulto mi decisión sobre las cosas es indiscutible.
A la mañana siguiente Ele va a la cocina mientras yo cambiaba a su hermano y vuelve a la habitación con la fibra que había utilizado en la mano, con su mejor cara de enojado, se para frente a mí, me muestra la fibra y me dice: “esto es para dibujar, no para estudiar”.
Eran sus fibras, nunca se las pedí prestadas. El adultocentrismo lo tuve que tirar a la basura y pedirle perdón por haber usado sus cosas. Aún nos quedamucho por deconstruir.



















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