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HALLOWEEN

  • Foto del escritor: Pedro Garbi
    Pedro Garbi
  • 19 oct 2018
  • 2 Min. de lectura

Si me preguntaran por qué festejamos halloween respondería “¿por qué no hacerlo?”. No encuentro razones de peso para no festejar el día en que los espíritus salen a pasear por el mundo terrenal.

Algunos dirán que es una fiesta yanqui, una imposición cultural imperialista. Y en cierto punto tienen razón, pero ¿acaso no es una imposición cultural imperialista muchas de las cosas que utilizamos, fiestas que realizamos o palabras que decimos? No noto la misma preocupación cuando les niñes andan en skate, piden rollers para navidad, manejan whatsapp o cuando les llevamos a ver películas de Disney, por ejemplo. En un mundo globalizado donde la información circula a velocidades inimaginables hace solo 20 años, pensar la cultura como algo solo atado a la tradición y las fronteras nacionales parece realmente un sinsentido.

Por otro lado, es verdad que la iniciativa parece estar puesta desde el mercado, tratando de vendernos esta festividad para que consumamos diferentes productos (desde los obvios caramelos hasta los más extraños como panes o salchichas), pero se asienta sobre algo que está por fuera del control del mercado: la necesidad y placer de les niñes por la fantasía y el juego. Y ahí radica para mí la clave del debate.

Por un lado tenemos a quienes compran al mercado la fiesta enlatada con su decoración, disfraces y rutina de salir a pedir caramelos casa por casa, sin mediar entre la realidad de que nadie festeja halloween y la idealización de película hollywoodense. Y por el otro a quienes se oponen con el argumento de las tradiciones y lo nacional, aún cuando el resto del año viven preocupados por el valor del dólar, creen que EEUU o Europa son el primer mundo y todo funciona mejor, desean un auto importado o directamente defienden que el FMI controle nuestra economía.

Para mi ambas se equivocan, porque ambas matan la fantasía y el juego de les niñes. La primera por limitarla dando todo preparado y la otra por reprimirla.

Mi posición es que si surge desde les niñes hay que jugar con elles y sumarse a la fantasía. Simple. Eficaz. No generamos un malestar en elles ante nuestra negativa (que produce frustración y conflicto innecesario) y a la vez realizamos una actividad en familia, que permite que les niñes se sientan seguros, útiles, escuchados, queridos y felices, y sobre todo creamos recuerdos hermosos.

¿Quieren ideas para hacer? En la próxima entrada.

 
 
 

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Papá del Loco L y del Loco E// Músico, trosko criticón y cariñoso// Militando por una paternidad consciente

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